A feña y el sur de Argentina
El viento recoge y agrupa alguno de mis miedos más oscuros. Unidos todos detrás de los músculos de mi cabeza lamen rápido y lento como en un ritmo febril. Comienzan a salir los rostros en la madera del techo, de las sombras, de los pliegues del sofá. Escucho tu sueño distante ignorarme con tu piel nocturna de niño y los pies se me arrugan tiritando nerviosos entre las pelusas del colchón. Crujen y mastican las maderas de esta casa, se tensan contra el viento y tu rostro distendido en la almohada me cierra la puerta, me desconoce, me muestra su gesto de carne que reposa. Que inmenso tu cuerpo pesado en tu tiempo y espacio, tu momento de vida se siente tan enorme, no concibo tu caducidad, el término de todos esos cuerpo que toco y huelo a diario, se me pierde la conciencia de lo finito, de lo que acaba, de mi cuerpo desprendiéndose de este viento poco a poco, inciertamente, despojarse de la luz, y de las sombras, del sonido y de las risas, del presente y sus recuerdos. Me aferro a tu espalda tibia, me afierro al tibio vuelo de tu sangre, a tu aliento, me prendo fuertemente de tu latido, negándome a la dolorosa palidez de todos estos rostros, de mi rostro, a la extinción de estos miedos, de estos pensamientos, de estas letras. Al término de cualquier alegría, reflexión, bostezo, a alejarme de tu viva espalda y de mis ojos que te abrazan y de mi sien que te piensa, al sonido de este viento.
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