C.



lunes, 9 de noviembre de 2009

Vuelvo a leer lo escrito y nada ha cambiado...
Ellos no han cambiado a nadie.
No han hecho avanzar al tiempo
ni me han traido de vuelta el tiempo que me pertenece.

Las palabras forzadas,
paridas,
no han servido de nada, no han tocado al mundo,
no han movido los hilos a los cuales
-era mentira-
se suponen conllevan.

Ni siquiera han logrado salir de aquí.

Cada pequeña letra en la soledad me acompaña,
ni ellas ni yo servimos al mundo,
retumbamos sordas sin referir.

Yo arrojé los dardos en palabras
y desperté esta mañana airosa
pero no habíamos ganado nada,
no existía batalla.

El sol estaba allí
y ahora llega la noche,
tuve hambre y sueño, reí, bostecé
y las cosas no habían cambiado, no había pasado nada.

Yo cambié los sentidos,
exploté el pecho,
humedecí los ojos, grité todas las letras,
las arrojé al suelo,
las obligué a que se levantaran,
supliqué con ellas y esta mañana
la ducha, el té, la ropa,
el mundo no había cambiado.

Entonces hoy
las desarmo,
me las traigo de vuelta,
las dejo algunas tiradas sobre la alfombra,
guardadas las que corresponden
en el cajón del velador,
(otras en secreto bajo la almohada… )

Las dejo, las revuelvo, las callo,
ellas no podían cambiar al mundo,
tampoco te han traido de vuelta.

Empiezo a pensar que quizás son ellas mismas las que te han perdido...

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